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ISSN 1989-4163

NUMERO 12 - ABRIL 2010

 

El Baile de los Embusteros (Microcuentos)

Mª Ángeles Cabré

3.

A mi primo y a mí nos unía una sola afición: el cine. El cine sobrevolaba nuestras cabezas, se hincaba en nuestros sentidos con la fuerza de un huracán y nos sacudía por dentro como jamás nada nos había sacudido. De las estrellas nos cautivaba su belleza fría, calculadora, glacial. Pero en las calles las chicas eran cálidas como besos y llevaban rebecas sobre los hombros que las convertían en seres pequeños, nacidos para el abrazo.

         A mi primo y a mí nos une ahora una sola convicción: no hay zapato más perfecto que el que se ajusta a la horma de nuestro pie.

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15.

         En las horas diurnas era un barrio periférico del paraíso. Pero cuando caía la noche se convertía en un auténtico infierno. Así era el lugar donde nací y donde crecí. Y por eso me marché.
         Ahora vivo en una de las manzanas privilegiadas de la capital del dinero y, aunque me aburro soberanamente, en las noches de insomnio me queda el consuelo de recordar aquel escenario de mi infancia, ambientado por la sirena de la policía y el rechinar de los frenazos.

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21.

         Nada había en él que me desagradara por completo, ni tampoco nada que me arrebatara con pasión.
         Aún así, nos amábamos.
         Pero su timidez era demasiado enfermiza y a mí el orgullo me podía, por lo que jamás nos lo dijimos.

         Y hoy vete a saber qué pechos encabrita, de qué humedades es causa y efecto.

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49.

         Se levantaba con mil proyectos, ahíto de ilusiones. A medida que avanzaba la mañana, los iba extraviando. Las tardes las empleaba en tratar afanosamente de recuperarlos, pero sin éxito. Y por la noche caía exhausto, derrotado de tanto perder y tanto buscar.
         Y así se le fue la vida, sin hacer nada.

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53.

         En aquellos años fructíferos en que la casa comienza a edificarse, a pesar de los empellones de la multitud, supo del valor del esfuerzo, de sus pequeñas recompensas.
         Pero pasado el tiempo sólo se le ocurrió darse a la bebida, por lo que la casa acabó por desmoronársele por completo.

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156

Por las noches, mi vecina deja que los niños lloren hasta que los vence el sueño y el cansancio. Mi vecina tiene un extraño sentido pedagógico y sus niños unos potentes pulmones que hacen zozobrar los cimientos de la casa.

         De día, la mecánica es la misma: los niños lloran con las bocas como buzones y ella grita un insistente <queréis callaros> histérico que me revuelve los intestinos.

         Algún día mataré a mi vecina.

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198.

         Un hombre, que nunca se ha sentido del todo inocente, confiesa un día que ha cometido un gran crimen: cargar sobre sus espaldas los muchos crímenes cometidos por tantas otras personas que no son él.
         Pero es absuelto, pues el juez se resiste a hacerle cargar con una nueva culpa y, no sabiendo como escapar de este delito no castigado, se lanza bajo las ruedas de un autobús urbano porque los raíles del tren le quedan demasiado lejos.



 
 

Bombardear

Ilustración: Mercedes Díaz

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